El Unico Sermón que Debo Predicar

Barry Black

Traducido y adaptado por W. Ruiz

Voy a hablar del único sermón que debo predicar: Jesucristo crucificado, nos muestra
lo más horrible de la humanidad y lo más sublime de la divinidad. Nuestro Bendito
Señor entró en las inmensas aguas del sufrimiento con una oración a su Padre en
sus labios: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” No sólo habló de
perdón, el vivió el perdón. Y luego contempló a un pobre ladrón, y tornó las aguas del
Calvario en aguas bautismales. Abrió para un caído, Su provisión de gracia, y le dio a
un ladrón moribundo justicia imputada e impartida: “De cierto te digo hoy, estarás
conmigo en el Paraíso,” hoy hemos iniciado nuestra conversación, y la continuaremos
pronto cuando nos encontremos en el Reino que está más allá de todo reino, en
aquel Lugar más allá del sol.

Entonces el Señor, hizo provisión para lo último que tenía en este mundo,
dirigiéndose a Maria y diciéndole “Madre, he ahí a tu hijo” y luego a su discípulo “Hijo,
he ahí a tu madre”, Juan, cuídala.  Y luego pronuncio un lamento desgarrador, las que
son posiblemente las palabras el punto más bajo de la creación el punto crucial del
gran conflicto entre el bien y mal, donde como raza decidimos por Dios o por el
demonio, el cielo o el infierno: “Elohi, Elohi, Lama Sabactani ¿Dios mío, Dios mío,
porqué me has abandonado?”. Luego el Señor mostró que era un ser humano como
nosotros, pues manifestando una necesidad de su cuerpo dijo: “Tengo sed”. Y le fue
alcanzada una esponja empapada, mas sabiendo al probarla que el agua tenía un
calmante, y queriendo retener el control de su mente hasta el mismo fin, la rechazó.
Luego vino, aquel increíble grito, la sexta palabra del Gólgota: “Está consumado”. Si
alguna vez los demonios habían temblado, ellos ahora fueron sacudidos: “Consumado
es”, dos palabras en castellano pero sólo una en griego: Tetélestai.  Luego, el
Salvador se rindió a si mismo en las tiernas manos de su Padre: “Padre, en tus manos
encomiendo mi espíritu”.

¡Cuán maravilloso es el Calvario! Y cuando tú y yo entremos por las puertas del Cielo,
lo haremos con el mismo pasaporte: la maravillosa sangre derramada de nuestro
amado Señor y Salvador Jesucristo. Tú puedes decir “tengo un cargo en la iglesia”
pero eso no te hace entrar allá, sólo la sangre de Cristo Jesús te hace entrar. O
puedes decir “tengo 50 años de Cristiano” pero eso no te hace entrar, sólo la sangre
de Cristo te hace entrar.

Un día Pablo le escribió a una iglesia dividida, la iglesia de los Corintios, donde unos
decían yo soy de Apolos, otros, yo soy de Cefas, o yo de Pablo, o yo de Jesús. Era
una iglesia que tenía pecados crónicos carcomiéndola. Por esto Pablo les dice en 1
Corintios 2  “cuando fui a vosotros para anunciaros el testimonio de Dios no fui con
excelencia de palabras o de sabiduría,” no vengo con palabras de lógica humana ni
de filosofía, ya aprendí la lección en Hechos 17, en el Aerópago, sino que “me
propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a este crucificado”
(1 Cor 2:1,2). Yo vine sencillamente a decirles eso. Todos nosotros somos
predicadores de esto. En 1 Pedro 2:9 el apóstol dice: “Pero vosotros sois linaje
escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios para que
anunciéis las virtudes de aquel que os llamo de las tinieblas a su luz admirable.” Tú
eres un predicador, tú eres ese real sacerdocio. Y el único sermón que yo debo
predicar, y el único sermón que tu debes predicar es proclamar la obra maravillosa de
la salvación de Dios por medio de la vida y la muerte de Cristo Jesús, Rey de Reyes y
Señor de Señores. Y el único sermón que debemos escuchar cada sábado proclamar
es la obra maravillosa de la salvación de Dios por medio de la vida y la muerte de
Cristo Jesús.

Un día un alumno de teología se acercó a Charles Spurgeon el famoso predicador
británico y le dijo ¿puede darme algunas claves para predicar con poder? Y el le dijo:
Jovencito, no importa con qué pasaje comiences, si es con Génesis, Levítico, o
Apocalipsis, tan pronto como puedas, traza un camino claro y llévalos al Calvario.
Debemos proclamar la obra maravillosa de la salvación de Dios por medio de la vida y
la muerte de Cristo Jesús.

Otro día un pastor visitó una iglesia hermosa donde al frente se estrenaba una
preciosa escultura con las dos tablas de los 10 mandamientos. Y el pastor visitante le
dijo al pastor local: Pastor, son las tablas de la ley más hermosas que he visto en mi
vida, pero, ¿Dónde está la cruz? Y el pastor local le respondió: ah, debe estar en
algún lugar, y empezó a buscar, pero miró nerviosamente a todos lados unos minutos
y ¡no pudo encontrar la cruz!, el pastor visitante también buscaba y le dijo en ese
momento, sabe, mire a ese viejo púlpito, y fíjese bien, tiene la forma de una cruz, no
es una cruz, pero su silueta muestra una cruz, y ambos sonrieron aliviados. Y esta
historia muestra algo que es una gran preocupación, porque el único sermón que
debo predicar es la obra maravillosa de la salvación de Dios por medio de la vida y la
muerte de Cristo Jesús. Y ¡cuán trágico es que en la iglesia o en nuestras vidas o en
nuestras familias sea fácil encontrar los diez mandamientos pero no podamos
encontrar la cruz!

En algunas iglesias, como afirmación de nuestra fe se repite en el culto el cuarto
mandamiento, y eso es muy bueno, sólo que al final sería maravilloso que el pastor o
el anciano pudiera decir: y ahora repitamos Juan 3:16, 17 “De tal manera amó Dios al
mundo que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se
pierda sino que tenga vida eterna. Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al
mundo, sino para que el mundo sea salvo por él.”  ¡No ocultemos la cruz! ¡Es sólo al
pie de ella que podemos entender la salvación! Debemos proclamar la obra
maravillosa de la salvación de Dios por medio de la vida y la muerte de Cristo Jesús.
En cualquier sermón que prediques, sobre la Deidad, o el estado de los muertos o los
2300 días, en cualquiera de esas doctrinas hay puntos vitales de conexión entre ellas
y el acto salvífico de Dios en el Calvario y en la vida de nuestro Señor. Nosotros no
podemos borrar esta realidad pues esta realidad y no otra le da sentido a nuestro
mensaje adventista, el Evangelio Eterno. Porque “me propuse no saber entre
vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a este crucificado”.

¿Y porqué debemos proclamar el acto salvífico de Dios en la vida y en la muerte de
Cristo Jesús?

En primer lugar, porque es la única forma en que podemos comprender realmente el
amor de Dios. Cuando pensamos en el Juicio a veces nos llenamos de miedo sólo
porque no comprendemos el amor de Dios. Dios no es un tirano celestial con un palo
en la mano para castigar al primero que se rebele, sino que es Aquel que según Jer
29:11-13 tiene para ti “planes de bienestar y no de mal, para daros porvenir y
esperanza.” El amor de Dios se muestra en el calvario, por en Cristo Jesús él nos dio
todo lo que tenía, su único Hijo, su monogenes (el único en su clase). Pero a veces
nosotros vivimos un cristianismo insuficiente, vacilante, sin dar nada y queriendo
ganar todo, como que le dijéramos a Dios “no hiciste por mi lo suficiente” y hacer esto
es lo más necio que uno que pretende ser cristiano puede hacer. Porque aquel que
estuvo en la cruz fue aquel que hizo el inmenso mar azul, fue aquel que llenó los
cielos de brillantes estrellas, fue aquel que hizo cada hojita y flor del campo verde.
Ese ser maravilloso fue colgado de la horrenda cruz para que tú y yo podamos vivir.
Sólo al contemplar el Calvario vemos “que Dios estaba en Cristo reconciliando al
mundo consigo mismo, no tomándoles en cuenta sus transgresiones y
encomendándonos a nosotros la palabra de la reconciliación” (2 Cor 5:19). Sólo en el
Calvario podemos entender el gran amor de Dios.

En segundo lugar, debemos proclamar la obra maravillosa de la salvación de Dios por
medio de la vida y la muerte de Cristo Jesús, porque necesitamos desesperadamente
entender que la salvación es un don, un maravilloso regalo. En Efesios 2:8,9 el
apóstol nos recuerda “porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de
vosotros, pues es don de Dios. No es por obras, para que nadie se gloríe.” Cuando
lleguemos al Cielo no estaremos allí diciendo lo que hicimos para estar allí, sino que
estaremos allí agradeciendo a Dios por la preciosa sangre de nuestro Salvador y
Señor Jesucristo. Porque por su esa sangre derramada estaremos allí y por ninguna
otra cosa más. Un día un famoso pastor le preguntó a su hijito, “hijito, cuales son las
tres cosas que tu más quisieras pedirle al Señor”, y para su consternación el hijito le
enumeró tres cosas simples, materiales. Entonces el pastor queriendo darle una
ayuda teológica le empezó a decir que eso no estaba bien, que debía pedir por su
Salvación y la Vida Eterna, y entonces su hijito lo interrumpió diciéndole: “¡papi,
porque tú quieres que yo pida algo que él YA me dio!” Ah hermanos hay tanto que
aprender de las palabras confiadas de los niñitos. A veces uno con toda su
información bíblica y con sus años en la iglesia no tiene claro algo que es tan
hermoso: Que si le he entregado mi vida al Señor, entonces soy salvo por lo que
Cristo Jesús hizo por mí en la Cruz.

En tercer lugar, debemos proclamar la obra maravillosa de la salvación de Dios por
medio de la vida y la muerte de Cristo Jesús, porque tiene poder de conversión. A
veces miro las campañas de evangelismo y más parece que somos especialistas
sacando ovejas de un redil y trayéndolas solamente a nuestro redil. Si nosotros
exaltásemos a Cristo como puede ser exaltado, entonces bautizaríamos cristianos
quebrantados y redimidos en Cristo y no meros legalistas que salen de sus iglesias
con un montón de problemas no resueltos y simplemente entran ellos y todos sus
problemas en nuestra iglesia. Porque tu puedes convertir gente sólo hablándoles de
los 2300 días, o convenciéndolos del estado de los muertos, o hablándoles de la
reforma pro salud, pero si tu los llevas a contemplar el Calvario, y la vida perfecta de
Cristo, ellos quebrantarán sus vidas al pie de la cruz para recibir el manto de su
perfecta justicia. Y entonces seguirán a Jesús con fervor, vivirán mejor, hablarán
mejor, pensarán mejor, aceptarán con gozo las preciosas doctrinas de la Palabra de
Dios y estarán dispuestos a cambiar sus vidas en bendición por el amor de Cristo.  Un
día un pastor joven fue a su primer distrito, y unos hermanos antiguos le hicieron esta
pregunta ¿qué sermones nos vas a predicar? El pastor no era un tonto, así que les
repreguntó, díganme ¿qué sermones quisieran ustedes que yo predique? Y un
hermano de estos le dijo, bien, en nuestra iglesia la gente no se viste cristianamente,
así que necesitamos un mensaje de reforma en el vestido. Y otro hermano le dijo,
bueno, en esta iglesia no están comiendo bien, por esto necesitamos un mensaje de
reforma pro salud. Otro dijo, aquí falta fidelidad en los diezmos, predique de
mayordomía, y así siguieron opinando 8 ó 9 de ellos. Ninguno habló de Jesucristo ni
de la Cruz.  Un día una jovencita de la iglesia me dijo: Pastor, en todos los sermones
que le he escuchado nos habla de profecías. Ese comentario me hizo pensar muchas
cosas. Sigo predicando de profecías, pero ¡el poder está en la Cruz y en la vida de
nuestro Señor Jesús! Conecta las doctrinas con la Cruz, ahí está el secreto del poder
de nuestro evangelio. Hay poder en la Cruz de Cristo.

La cuarta razón por la que debes proclamar la obra maravillosa de la salvación de
Dios por medio de la vida y la muerte de Cristo Jesús, es porque esto promueve
santidad. Esto es importante para nosotros hermanos, porque si tú quieres vivir bien,
como un genuino cristiano, entonces necesitas el amor de Cristo. 2 Corintios 5:14
dice: “Porque el amor de Cristo nos impulsa.” Porque la prueba de que yo vivo en
santidad es si el amor de Cristo transpira en mi vida. Es posible que hayan escuchado
la historia de un hombre en Dallas, Texas, que después de ver el film de Mel Gibson,
“La Pasión”, fue y confesó haber cometido un asesinato, En sus propias palabras, “yo
prefiero estar en la cárcel, dijo él, sabiendo que estoy bien con Cristo Jesús, quien
murió por mi, que estar caminando libre con esa culpa en mi conciencia.” Esa es la
belleza de la santidad que es impulsada en nosotros por la predicación de la muerte y
la vida de Cristo. El Calvario y la vida llena de amor de Cristo es como una bomba
para la conciencia culpable. Proverbios 28:1 dice “Huye el impío sin que nadie lo
persiga” y eso es cierto con las culpas de nuestra conciencia, con las culpas de
nuestro pasado. Pero Gracias a Dios que mi pasado está completamente sumergido
en la sangre preciosa que salió de las venas de Emmanuel, donde los pecadores
tienen su esperanza, la esperanza de una vida nueva, por el poder de Dios. ¡Cuan
maravilloso es el Señor a quien servimos!

Finalmente, debemos proclamar la obra maravillosa de la salvación de Dios por medio
de la vida y la muerte de Cristo Jesús, porque trae unidad. Jesús dijo en Juan 10:14 y
16 “Yo soy el buen pastor y conozco mis ovejas, y las mías me conocen. También
tengo otras ovejas que no son de este redil. A ellas también me es necesario traer, y
oirán mi voz. Así habrá un solo rebaño y un solo pastor.” Cuando proclamamos y
exaltamos la vida de Cristo y su muerte en la Cruz, eso nos une como cristianos. Los
adventistas somos un pueblo de millones de las más diversas procedencias
culturales, sociales y religiosas. Somos tan distintos, pero hermanos si exaltamos la
Cruz de Cristo, y predicamos la cruz de Cristo, esto trae unidad en la diversidad. Y
podemos llamarnos hermanos y hermanas, porque somos hijos de un mismo Dios y
tenemos un hermano en común Cristo Jesús. Porque uno de los mensajes
fundamentales de la cruz de Cristo, es que cada ser humano es alguien precioso a la
vista de Dios.  1 Pedro 1:18,19 “Tened presente que habéis sido rescatados de
vuestra vana manera de vivir, la cual heredasteis de vuestros padres, no con cosas
corruptibles como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un
cordero sin mancha y sin contaminación.” Por esto hay gozo en el cielo con “uno” que
se arrepiente, no importa su raza, ni su color. Porque si fuiste llamado es para ser
parte del real sacerdocio de Dios.

Recuerda las palabras de Spurgeon “no importa con qué pasaje comiences, tan
pronto como puedas, traza un camino claro y llévalos al Calvario” Porque Cristo está
en cada página de la Biblia:

En Génesis, él es la Simiente.  En Éxodo él es el Yo soy.  En Números él es la
serpiente de bronce. En Deuteronomio, el es la Roca. En Josué él es el Capitán de
los ejércitos de Jehová. En Job él es el Redentor. En Salmos él es el Buen Pastor. En
Proverbios él es el amado. Escucho a Isaías llamándolo Admirable Consejero, Dios
Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz, herido por nuestras transgresiones, molido por
nuestros pecados. Zacarías dice Él es el Renuevo. Miqueas dice él es el Señor en
Israel, cuyo origen es el inicio de los tiempos. Malaquias dice Él es mensajero del
pacto, Mateo le dice Salvador, Marcos le dice Hijo del hombre, Lucas le dice el nuevo
Adán. Juan le dice la Palabra hecha carne. Hechos dice “Él ha hecho de una sangre
todas las naciones sobre la faz de la tierra”. Filipenses dice que un día ante el nombre
de Jesús se doblará toda rodilla, y toda lengua confesará que Jesucristo es el Señor
para la Gloria de Dios Padre. 1 Tesalonicenses dice que Él es aquel que un día
descenderá con voz de arcángel y con trompeta de Dios. Hebreos dice que Él es
nuestro gran Sumo sacerdote ante quien hoy tú puedes ir, tentado en todo pero sin
pecado. Judas dice él es poderoso para guardarte sin caída y presentarte sin mancha
delante de la gloria de Dios con gran alegría. Y Juan desde la Isla de Patmos dice yo
estaba en el Espíritu, en el Sábado, el día del Señor. El es el Cordero inmolado, Rey
de Reyes, Señor de Señores, El es el Alfa y la Omega, El que estuvo muerto pero
ahora vive. El que tiene las llaves de la Muerte y del Hades, el que Viene Pronto.

Y yo amo esa cruz, do murió mi Jesús, por salvar al mas vil pecador, en la cruz de
Jesús do su sangre vertió hermosura contemplo sin par pues en ella triunfante a la
muerte venció y mi ser puede santificar. Yo seré siempre fiel a la cruz de Jesús, su
oprobio con él llevaré, y algún día feliz con los santos en luz para siempre su gloria
veré. ¡Oh! Yo siempre amaré esa cruz, en sus triunfos mi gloria será, y algún día en
vez de una cruz mi corona Jesús me dará.


Avenidas a Dios
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